lunes, abril 15, 2024

Los primeros cuatro mil

Rodrigo Cornejo


El neoliberalismo echó mano de distintos soportes para asegurar el predominio del grupo que lo instaló en México. Las privatizaciones, por ejemplo, tuvieron más de una intención.

El remate de Imevisión sirvió para ganar un aliado ideológico incondicional de la idea de Estado mínimo y alérgico a cualquier intervención pública.

Fue tan efectiva esta privatización que Ricardo Salinas Pliego es uno de los últimos especímenes de empresarios abiertamente neoliberales.

Esto se plasma en los contenidos de TV Azteca, que reflejan claramente la mentalidad trabajador-consumidor que es tan conveniente a su modelo de negocio y al apaciguamiento social.


El aparato de seguridad estatal jugó el mismo papel. Del año 2000 en adelante, la tríada de persecución política, criminalización de la protesta y encarcelamiento de grupos marginales fue la predilecta para inhibir la movilización de las clases populares.

El autoritarismo mexicano salió a la superficie. Así se mantuvieron a raya las demandas de los grupos sociales que cayeron al fondo del barranco neoliberal, víctimas de la violenta disolución de sus sindicatos, la promulgación de leyes en contra de sus gremios, la legalización de trabajos sin derechos y de la perversa inversión de causa y efecto que fue llamar a los jóvenes marginados “ninis”, como si su marginación fuera causa y no consecuencia del desastre nacional.


Este aparato se encargó de montar un discurso ideológico destilado a través de otros soportes. Por ejemplo, entre medios y agentes estatales se crearon y difundieron productos audiovisuales que glorificaban a la extinta y corrupta Policía Federal. La serie de Televisa llamada “El Equipo”, contó la historia de policías buenos que combatían el mal absoluto a través de 15 episodios.

También hubo incursiones en el género del reality show, a través de montajes televisivos hechos pasar por noticia, como el manufacturado por Carlos Loret de Mola. Todo se hizo para mostrar la batalla contra el enemigo de papel en vivo y a todo color.


En medio de este ambiente que asfixió a la sociedad mexicana, se endureció el discurso contra lo marginal. El pobre se transformó en aliado del narcotraficante en el discurso oficial y en el de las clases altas.

Se condenaron productos de la “narco cultura” sin preguntarse qué proceso los causó y cómo atenderlo. Se toleraron y fomentaron propuestas de partidos políticos a favor de la pena de muerte y mensajes moralizantes en contra de los consumidores de drogas, no de los productores.


Se endureció la disyuntiva para los mal llamados “ninis”. El gobierno los denostaba por improductivos, amenazaba con castigarlos duramente por consumir cualquier droga y con encarcelarlos si cometían delitos menores. Por eliminación, el camino al cual el calderonismo los indujo fue a formar parte de la violencia organizada y ayudar así a Calderón a ejercer control social mediante el miedo y la violencia.

La alternativa de mandar desde las cárceles solo estaba abierta para los “capos” más cercanos al gobierno, así que aquel marginal que iniciaba una vida en la violencia organizada debía sumergirse de lleno, porque la cárcel significaba perder los pocos privilegios económicos que el delito les había traído.


La cárcel también se ejerció como mecanismo de control social al igual que antaño, encarcelando a personas por delitos menores para garantizar su sumisión económica al modelo de trabajos jodidos y abonos facilitos. Se procedió con fuerza para custodiar valores religiosos reaccionarios, encarcelando a mujeres por abortar.

Se garantizó la supremacía de los grupos castizos mexicanos hostigando y encarcelando a personas morenas e indígenas. Fue casi una veintena de años nefasta, reprobable y reaccionaria.

Hasta que no se rectifiquen todas esas injusticias y se desmonte el corrupto sistema de justicia que instalaron, no dejaremos de nombrar a los responsables. Fueron Fox, Calderón y Peña. Merecen repudio a donde quieran que vayan.


La pesada loza que produjo este uso de la cárcel y la violencia como mecanismo de control social comienza a levantarse. El presidente López Obrador anunció a las primeras 4000 personas beneficiadas por las preliberaciones y las amnistías que son posibles por la Ley de Amnistía que él propuso y que se promulgó en 2020. Entre ellos hay indígenas, personas torturadas, personas de la tercera edad, víctimas de intimidación.


A pesar de los ataques reaccionarios contra la idea de amnistía de López Obrador, se ha hecho realidad. Al igual que sus otros proyectos que primero concitaron incredulidad y críticas, ahora seguro causan un profundo enojo.

Se ha comenzado a desmontar el efecto más nefasto del sistema injusto y corrupto sobre la libertad de las personas marginadas que erigieron los 3 expresidentes anteriores.


Aparte, las capas populares se movilizan con libertad, hacen política, opinan y han comenzado a liberarse de las dos televisoras hegemónicas.

El temor a la cárcel se ha reducido y el riesgo de ser encarcelado por motivos políticos o de clase social ha disminuido, aunque prevalecen inercias nefastas, jueces corruptos, policías de la vieja guardia y comandantes represores de ocasión o vocación. Empero, en términos generales se ha avanzado.


México es otro y desde ahora tiene cuatro mil mexicanos más, los primeros cuatro mil, que gozan de nuevo de todos sus derechos y su libertad gracias a la primera amnistía del México contemporáneo. Un atisbo de justicia en un país que todavía tiene mucho que recorrer hacia la pacificación.

Sirva esta columna para recordar que sigue preso el último chivo expiatorio del calderonato, Israel Vallarta. Debemos insistir en su liberación como prueba de que la pesada loza puede levantarse hasta por sus ángulos más rocosos y difíciles. ¡Libertad para Israel Vallarta!.

Rodrigo Cornejo es licenciado en Negocios Internacionales y maestro cum laude en Seguridad Pública y Políticas Públicas. Ha sido candidato independiente a diputado federal, formador de cuadros políticos en Morena y funcionario de la Secretaría de Gobernación.